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Más despotismo ilustrado

Hace algo más de un año mostraba aquí mi alegría porque el pueblo irlandés le hubiese dado una lección a los déspotas ilustrados votando no al Tratado de Lisboa. Ahora, en una muestra ya anunciada de falta de democracia (¿qué otra cosa es repetir una votación hasta que su resultado sea el que agrada a los dirigentes que la convocan?), el referéndum acaba de repetirse el pasado viernes y, esta vez, ha ganado el sí con rotundidad. En general, las opiniones coinciden en que las dificultades económicas que atraviesa Irlanda han hecho pensar a sus ciudadanos que un “no” les cerraría las puertas de los mercados europeos que su economía necesita ahora, y en que este hecho ha tenido incluso más peso que las garantías jurídicas dadas por la UE a Irlanda en forma de anexo al tratado, asegurando que Irlanda podrá desmarcarse del resto de la Unión en lo que se refiere al aborto y a la política de defensa común. Una vez más, se siguen repitiendo las mismas lacras en la Unión Europea: las excepciones o privilegios para algunos miembros a cambio de su integración (piénsese en la situación del Reino Unido y su famoso “cheque”), y la visión dominante de Europa como fuente de dinero y negocios para mi país en particular, visión de la que se deduce fácilmente que en cuanto no haya un saldo económico positivo para mi país en particular Europa dejará de interesarnos.

Como muy bien decía ayer el director del periódico portugués Público, José Manuel Fernandes, en un editorial dedicado al “sí” irlandés, después de tantas excusas hay que enfrentarse a la realidad, a la dura realidad de la construcción europea: “Depois dos álibis, a mais crua realidade“. Vale la pena leer su lúcido análisis que alerta sobre las dificultades futuras que aguardan a tan poco democrático proyecto de Europa:

Mas ninguém, com seriedade, devia ficar contente, pois todos sabem que em boa parte, senão na maioria, dos países europeus, se o Tratado de Lisboa fosse a votos não passaria. Só votaram os irlandeses porque tinham de cumprir a sua Constituição. Os outros evitaram fazê-lo. E tiveram de novo de votar duas vezes, até votarem “certo”, o que só pode repugnar quem preza o respeito pela vontade dos eleitores.

É triste porque cria uma ilusão de democracia europeia que, por mais retórica que exista, é um mito e continuará a ser um mito.

(…)

O passado recente de acrimónia e divergências não permite antever um futuro radioso apenas porque, desta vez, uma mão-cheia de irlandeses não repetiu a ousadia de se opor à vontade dos grandes países. Ou, para ser mais exacto, à vontade dos dirigentes dos grandes países.

Que ciertos dirigentes lleven a cabo sus proyectos, a pesar de la oposición de los ciudadanos a los que gobiernan – oposición manifestada abiertamente, como en el primer referéndum irlandés, o silenciada con excepciones jurídicas para ciertos países, con dinero, o simplemente con la imposibilidad de manifestarla en los países donde no habrá referéndum -, por mucho que esos dirigentes vean en esos proyectos el mejor futuro europeo, sólo tiene un nombre, hay que repetirlo: despotismo ilustrado. Mientras los sucesivos tratados europeos o constituciones – que no nos asuste el nombre – no sean siempre y obligatoriamente sometidos a referéndum de todos los ciudadanos de los países de la Unión, en una fecha común y única para todos, la construcción europea seguirá siendo todo menos democrática, una idea ilustrada tejida por el paternalismo y la osadía de quienes piensan poder llevarla a cabo contra la voluntad de los pueblos y “por su bien”.

Una lección a los déspotas ilustrados

A esta hora, es ya casi segura la victoria del “no” en el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa (vean Lisbon Treaty now certain to be rejected en The Irish Times). Y es un resultado que le da una lección de democracia a todos los déspotas ilustrados que han venido diciendo a lo largo de todo el proceso que el Tratado no debía someterse a referéndum porque corríamos el riesgo de que los ciudadanos europeos lo rechazasen y había que imponérselo “por su bien”.

Harían bien en reflexionar y pensar en qué necesitamos los ciudadanos europeos para que el proyecto de la UE nos convenza, en vez de aunar esfuerzos para ratificar tratados y decisiones que no convencen. Mientras muchos sigamos teniendo la sensación de que no hay avances en la igualdad real entre los ciudadanos de toda la UE (hecho del que hemos tenido una muestra más con las diferencias en precio de los combustibles e impuestos sobre ellos que han sido aireadas con motivo de la crisis que ha llevado esta semana a las huelgas de los sectores de la pesca y del transporte), los repartos de poder entre países (pues en el fondo es en eso en lo que consiste el Tratado de Lisboa) seguirán sin convencernos.

Gracias, irlandeses.