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Revista de prensa

El PP, que sigue siendo el gran partido de Galicia, está muy desdibujado en las instancias autonómicas, casi desaparecido en la política municipal, y completamente errático en la estatal, hasta el punto de otorgar máxima estabilidad y proyección a la coalición gobernante. El BNG, que debería hacer de bisagra y de elemento dinamizador del limitado pluralismo que genera nuestra sociedad, se siente ilegitimado para pactar con la derecha, y, preso de sus fantasmas históricos, está actuando como un partido cautivo de Touriño, al que le brinda un apoyo ciego que, al menos desde la perspectiva social y mediática, se percibe como una hipoteca irremisible. Y el PSOE, que alimenta sus ínfulas de grandeza sobre un exiguo grupo de 25 diputados y sobre un municipalismo urbano cogido por los pelos, funciona con una soberbia política más propia de la mayoría absoluta que de los consensos básicos que son exigibles en esta circunstancia.

El resultado es que hemos salido de una mayoría absoluta de 41 diputados, dirigida por Fraga, para caer en otra de solo 25, dirigida por Touriño. Porque los gallegos nos hemos acostumbrado a que nos manden, y ya estamos inhabilitados para la política creativa.

Xosé Luis Barreiro, “Visión teatral de la política gallega“, en La Voz de Galicia, 10/5/2008

Uno de los aspectos menos conocidos del régimen político español es que nuestro sistema electoral, hablando en puridad, es preconstitucional. Preconstitucional, en efecto, pues fue un real decreto del Gobierno de UCD previo a las primeras elecciones generales (el 20/1977, de 18 de marzo) el que asentó las grandes pautas para la elección de diputados: número de miembros del Congreso (350), circunscripciones provinciales, criterio de distribución interprovincial de los escaños, fórmula d’Hondt y listas cerradas y bloqueadas.

Ese sistema, que produce notables distorsiones al traducir en escaños el reparto de los votos expresados por el cuerpo electoral, tiene, además, un efecto político de extraordinaria relevancia: que penaliza, hasta hacerla poco menos que imposible, la emergencia o la persistencia de un tercer o cuarto partido a escala nacional que, llegado el caso, puedan ser bisagras del PSOE o del Partido Popular.

Es de ese cada vez más incomprensible vicio de nuestro sistema electoral del que los partidos nacionalistas se han servido para convertirse en lo que son cuando nadie alcanza la mayoría absoluta en el Congreso: los reyes del mambo, que controlan la gobernabilidad de este país. Y es que a los nacionalistas -que compiten solo en sus respectivos territorios y que, por tanto, solo en ellos pierden restos- el sistema les resulta pistonudo.

(…)

¿Hay alguna solución? Podría haberla si se pusiese sobre la mesa una reforma que permitiese tratar a todos los partidos por igual. La más evidente sería la consistente en aumentar el número de escaños del Congreso de 350 a 400, y en distribuir los 50 escaños nuevos en un distrito nacional en el que se repartiesen con absoluta proporcionalidad los restos de todos los partidos. Con ello aumentaría la justicia electoral y quizá se acabaría con esa perversión cada vez más insufrible que hace que quienes quieren irse del país acaben cogobernándolo.

Roberto L. Blanco Valdés, “Los reyes del mambo y la reforma electoral“, en La Voz de Galicia, 11/3/2008

Para disipar dudas, el PNV ofrece el siguiente lema de campaña: “Yo vivo en Euskadi; y tú ¿dónde vives?”. Más claro, agua. Dejemos de lado el apoyo a la gobernabilidad de España que puede esperarse de un partido con un slogan tan acogedor y cosmopolita. Lo interesante es que aquí se plantea, como diría Humpty Dumty, quién es el amo. Yo vivo en Euskadi quiere decir: yo soy quien tiene derecho pleno a mandar aquí. Los demás, sobrevenidos y arrecogíos, que firmen un contrato más o menos como el disparatado que Rajoy propone para otros inmigrantes.

Pero ya que el lema electoral convoca al “diálogo”, tal como ellos lo entienden, intentemos contestar a esa pregunta. Hay varias respuestas posibles. Una: “Pues mire, yo también vivo en Euskadi. Pero no me extraña que no se haya dado cuenta porque, a diferencia de usted, vivo lo más oculto posible. Procuro no hablar como pienso, dejarme ver lo menos posible en las demostraciones colectivas y finjo constantemente que el nacionalismo obligatorio me parece muy bien. No quiero líos para mí ni para mi familia”. Dos: “No, yo no vivo ya en Euskadi. Me he tenido que marchar, ¿sabe? Una pena. No me gusta que me coaccionen ni me amenacen. Me harté de ver malas caras por no ser adicto al régimen. De modo que me fui a defender la alegría a otra parte. Ahora ya ni siquiera creo que me gustaría volver. Gracias a ustedes, he cogido asco a lo que más amaba”. Tres: “¡Claro que vivo en Euskadi! Y no pienso irme, ni callarme, ni darles la razón a los matones del pueblo. No creo que haya que normalizar políticamente nada aquí, lo que hace falta es que ustedes se acostumbren a ver como normal pertenecer a un Estado de derecho llamado España en lugar de a la tribu de Aitor. Ni tampoco pienso colaborar en su construcción nacional que en realidad consiste en destruir la efectiva nación de ciudadanos a que pertenezco”. ¿Hace falta seguir o basta con estas respuestas, señores nacionalistas?
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Pero resulta que, pese a quien pese, soplan vientos de cambio en el País Vasco. Un grupo de padres alaveses y vizcaínos ha formado un colectivo a favor de la enseñanza en castellano y contra la imposición del euskera en el nuevo currículo vasco. Aunque lejos de ser mayoría, cada vez hay más euskaldunes que dan la tercera de las respuestas antes indicadas al lema del PNV. En el principal debate político de ETB1, Kalaka, se oyen ahora en vascuence argumentos bien razonados y expuestos sin temores ni temblores a favor de las tesis constitucionalistas hasta ayer proscritas -¡y no sólo por los nacionalistas!- como crispadoras.

Fernando Savater, “Sus pompas y sus obras“, en El País, 22/2/2008

“El sistema electoral español es infinitamente más original de lo que parece a primera vista, y es bastante maquiavélico”. Quien así habla no es ni un desinformado ni un antisistema resentido, es Óscar Alzaga, uno de los padres del propio sistema. Los dos adjetivos que utiliza describen a la perfección la criatura que él y otros miembros de la UCD alumbraron durante la Transición y que todavía perdura.
Su originalidad es tal que los especialistas no acaban de catalogarlo. Aunque la Constitución habla de “representación proporcional”, lo cierto es que las desproporciones en los resultados son de las mayores de la escena internacional. No sólo no se garantiza una proporción más o menos ajustada entre votos y escaños, es que ni siquiera se salvaguarda el mero orden en el que los votantes colocan a los partidos: una formación con menos votos que otra puede conseguir más escaños. Por eso muchos estudiosos del sistema no lo consideran proporcional sino mayoritario atenuado.

Pero un sistema mayoritario se caracteriza por sobrerrepresentar al partido ganador facilitando así que forme gobierno. Y nuestro sistema no siempre beneficia al primer partido: en 2004 las elecciones las ganó el PSOE, pero el más beneficiado fue el PP. Mientras los votantes socialistas recibieron un 3.3% de escaños por encima de lo que hubiera sido proporcional, los populares se vieron agraciados con un 3.7%. De hecho, con el actual empate técnico puede suceder que el PP quede segundo en votos pero primero en escaños, perdiendo y ganando a la vez las elecciones (¡!). Las más elementales leyes de la semántica impiden denominar “mayoritario” a un sistema que posibilita semejante resultado.

Entonces, ¿qué es? Bien, ya se ha dicho: es original. De hecho, lo es tanto que puede afirmarse que su esencia consiste en su inexistencia. El “sistema electoral español” es una construcción meramente verbal que carece de una realidad empírica a la que aplicarse con sentido. Lo que hay son 52 sistemas electorales (50 por provincia más Ceuta y Melilla). Los sistemas en los que se eligen muchos escaños son proporcionales. Los sistemas en los que se eligen 3, 4 o 5 escaños no. La ciencia política suele estimar que estos últimos tienen efectos “mayoritarios”, algo que a mi juicio no merece el noble principio de mayoría. Por eso, si me permiten la licencia, yo les voy a denominar “distorsionantes”. Porque lo que hacen esos sistemas es distorsionar, y por partida doble y superpuesta. (…) Maquiavelo habría tomado apuntes: los electores cuyos votos son fuertes se hallan en los sistemas “distorsionantes” y por tanto presionados para votar útil o, lo que es lo mismo, a los dos grandes; los votantes eximidos de esa losa psicológica son libres, pero sus votos son débiles. (…) Por un lado se impone el bipartidismo y se fomenta la polarización, siendo casi imposible que surja un partido de centro que pueda ejercer un factor moderador. Por otro, la única alternativa para pactar la ofrecen los nacionalistas. (…) ¿Qué hacer? La decisión sobre el sistema electoral configura una situación en buena medida excepcional desde el punto de vista de la filosofía política. Nadie defiende, por ejemplo, que sean las empresas las que redacten las leyes anti-monopolio: esa labor ha de corresponder a instituciones que, situadas por encima de ellas, vayan más allá de sus intereses. Pero el sistema electoral lo deciden los partidos y, ¿qué hay por encima de ellos? “La ley y el Estado de Derecho”, se dirá, pero es que la ley y por tanto el derecho son, empezando por la propia Constitución, creaciones suyas.

Jorge Urdánoz Ganuza, “El maquiavélico sistema electoral español“, en El País, 16/2/2008

Bélgica es importante para Europa porque demuestra que es posible un país con diferentes lenguas y culturas. Es un ejemplo en contra de los que piensan que sólo son viables los países que se basan en el principio de un pueblo, una lengua, un Estado. Las sociedades multiculturales y multirreligiosas son posibles, como lo fueron en el pasado en Europa. En el siglo XX perdimos esa diversidad con el genocidio de los judíos; con lo sucedido en los Balcanes, hemos perdido la mezcla de culturas y lenguas que constituye la riqueza de Europa.
(…)
Las regiones en Bélgica tienen ya una gran autonomía por ejemplo en educación, cultura, infraestructuras y algunos aspectos de la política industrial y económica. Lo que queremos es transferir competencias de forma homogénea en el nivel federal y en el regional. Por ejemplo, en política económica, laboral y empresarial las competencias pasarían a las regiones, pero si transferimos sin reforzar el Estado, el país se rompe.
(…)
Flamencos y valones podrán tener competencias por ejemplo sobre el mercado laboral, pero en un marco definido por el Estado. Es como el pacto de estabilidad en la zona euro, donde los países son responsables de su política presupuestaria pero con las obligaciones de déficit o endeudamiento que marca el pacto. Otra de mis propuestas es crear una circunscripción federal, es decir, que haya políticos a los que los elijan los electores de todo el país, la idea es crear una opinión pública federal, absolutamente necesaria.

Guy Verhofstadt, primer ministro del Gobierno provisional de Bélgica, en una entrevista publicada en El País, 15/2/2008

La política española ha sido tan tendente a favorecer y enaltecer los particularismos que ahora mismo las personas que no nos entregamos ciegamente a las razones partidistas ya no estamos en disposición de calibrar si es bueno o es malo que parte del agua de un río se trasvase. ¿A quién creer si todo suena a defensa de la patria chica? Es disparatado que en un país tan pequeño y tan seco, la política del agua se reduzca a los intereses de los aragoneses o de los valencianos, como si ya hubiéramos abandonado la idea de gestionar el bien común. Hasta al PP, que patrimonializa la unidad de España, se le rebela la infantería a las puertas de las generales.
Por favor, ¿hay algún ingeniero inocente en esta sala que nos explique qué es lo mejor para todos?

Elvira Lindo, “Agua y cielo“, en El País, 6/2/2008

Miren por dónde uno descubre que la frase elegida por los gurús del PSOE para condensar su mensaje resulta ser «razones para creer». Curioso. En este momento de claro enfrentamiento con la jerarquía católica, nuestro partido gobernante, en combinación además con el término razón, invita a los ciudadanos a creer. Cualidad que, como sabemos, es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. La invitación, por tanto, es a tener fe.
Fe en que alcanzaremos el «pleno empleo», ése es el ‘leit motiv’ de un anuncio pagado que aparecía ayer con gran alarde tipográfico junto a la foto de un juvenil y satisfecho ZP, aunque el pasado haya sido el mes de enero en que ha crecido más el paro en toda la historia reciente de España. Fe en que «si vivimos juntos decidimos juntos», otra de las consignas muy queridas del presidente, aunque luego se haya optado por la vía confederal para el desarrollo del Estado de las autonomías y en su programa electoral el propio Partido Socialista Catalán avance en la profundización del modelo, con aspiraciones indisimuladas a que Cataluña disponga de un sistema de financiación equiparable al cupo vasco o disponga de los mecanismos para nombrar sus representantes en el Banco de España, CNMV y demás organismos reguladores. Y mucha fe es la que hay que tener para sostener lo de «comprometidos con la igualdad» el día que el presidente Chaves se descuelga con el plan del estudio del catalán, vasco y gallego en las escuelas de idiomas andaluzas para facilitar a los parados el acceso a un empleo, o cuando se propone la devolución de 400 euros de forma lineal a todos los declarantes de IRPF, dejando fuera precisamente a los ciudadanos que menos ingresos tienen y por ello no llegan ni al mínimo para declarar.

José Ignacio Prendes, “Ver para creer“, en El Comercio Digital, 6/2/2008

Como proclaman los de Galicia Bilingüe con toda la razón, son los hablantes, y no las lenguas, los que gozan de derechos. Partir de lo contrario ha conducido a todo tipo de abusos y de excesos: los que vivimos bajo el inicuo régimen de Franco sabemos bien de lo que hablamos como para no temer los nacionalismos lingüísticos de hogaño tras la atroz experiencia de los nacionalismos lingüísticos de antaño.

Roberto L. Blanco Valdés, “Sí, Galicia es bilingüe“, en La Voz de Galicia, 3/2/2008

– ¿Se ha dado algún paso en la dirección que su sindicato propugna?
-Esto se lo hemos propuesto al Gobierno desde el principio, y no sólo nosotros, sino también UGT y la patronal CEOE, porque estaba en el prólogo del diálogo social. ¿Qué ha ocurrido?. El señor Solbes dice que ha aumentado el gasto educativo y en I+D+i, cosa que es verdad. Pero eso ha sido así en el segmento del gasto que gobierna el Ejecutivo central. Por ejemplo, en educación sólo gestiona las becas y la UNED (Universidad a distancia). El resto está en manos de las comunidades autónomas.
-En estas circunstancias, ¿cuál es la mejor solución?
-Para salir de esta situación hay que alinear a todas las administraciones, y así se lo hemos dicho a todos los partidos políticos. ¿Cómo se hace? Yo lo veo complicado, a tenor de los enfrentamientos que hemos visto estos cuatro años.
-¿Se desprende de sus palabras que las comunidades autónomas no han hecho los deberes?
-Unas sí y otras no. Si las comunidades no asumen que son la parte de un todo, tenemos un problema, porque se rompen las sinergias de las economías de escala y la unidad de mercado. Esto nos hace perder la primera ventaja comparativa que tiene España, que es el gran tamaño de su mercado.

José María Fidalgo, secretario general de CC.OO., en una entrevista publicada en El Correo Digital, 3/2/2008

Estamos en periodo de rebajas electorales y los partidos trufan su discurso con toda suerte de baratijas digitales que debemos mantener en cuarentena. ¿Durarán las bitácoras? ¿Sobrevivirán los perfiles? Si el ejemplo es Elvira Rodríguez la respuesta es fácil: Internet les vale para poco más que sacarse la foto. Sean exigentes.

Ícaro Moyano Díaz, “Un fracaso rotundo“, en el blog La Tejedora, 29/1/2008

Qué gran noticia. Un talón de cuatrocientos euros. Así, sin hacer nada, ni pedir nada. A un servidor le hizo tanta ilusión el anuncio del cheque-voto que ya lo tiene prácticamente gastado. (…) El caso es que ni Zapatero, ni Rajoy, ni Pizarro, ni Solbes han debido de coger un papel y un lápiz y pararse a echar las cuentas. Porque para cumplir sus promesas de deducciones, rebajas fiscales, tasas de actividad, creación de puestos de trabajo, guarderías, cheques, tramos impositivos y supresión de impuestos, que han hecho hasta hoy, solamente les quedan dos salidas. O atracar el Banco Mundial, o planificar un fraude en el Société Générale francés, que, por lo visto, no debe de resultar muy complicado.

Ernesto Sánchez Pombo, “El cheque-voto“, La Voz de Galicia, 29/1/2008

Que la Marcha de Granaderos, convertida en himno español en el siglo XVIII, no dijera nada, me ha parecido siempre algo de lo que debíamos felicitarnos. Su no decir confería cierta sobriedad a lo que en principio está reñido con ella –una exaltación nacional–, y nos evitábamos soltar chorradas más o menos patrioteras, que es lo que, para su desdicha, hacen los ciudadanos de casi todos los demás países.

Pero ahora, de la manera más estúpida y frívola, corremos el riesgo de que nuestro himno tenga letra, y encima una birria. (…) Se aduce que los demás países tienen himnos con letra. Allá ellos. En todo caso, las británica, francesa, alemana o italiana son ya antiguas y por lo tanto anticuadas y por lo tanto inocuas y por lo tanto se cantan sólo por inercia o rutina, y es como si a fuerza de repetición casi hubieran perdido su significado. Y por eso, por haberse ya convertido en una cantinela retórica y de trámite y más bien inofensiva, nadie aceptaría quebrar la tradición y que dichas letras se alterasen o suprimiesen. Lo que ni el COE, ni la SGAE, ni el tremendo jurado, ni Plácido el tímido han tenido en cuenta es que nuestra tradición es ya que el himno carezca de letra, y que romperla es tan intolerable como lo sería privar de sus respectivas letras a los himnos mencionados. Por algo será que el nuestro las haya rechazado, y que las tentativas de Marquina (en 1909, por encargo de Alfonso XIII) y Pemán (en 1937, por encargo de Franco) hayan fracasado y caído en el olvido. Así, quienes opinan que un himno debe poder cantarse no sólo están en el error (llevamos más de dos siglos sin hacerlo), sino que además muestran una falta de respeto absoluta por la ya venerable Marcha que afirman querer realzar y homenajear.

Javier Marías, “El muy español afán por cargárselo todo“, El País, 27/1/2008

Verán, lo siento mucho, pero cada vez que oigo hablar de la Alianza de las Civilizaciones me entra la risa. Y no es que me parezca mal intentar fomentar el conocimiento entre los pueblos, e incluso es posible que las ideas manejadas sean buenas y útiles. Pero tengo un problema de terminología. Porque, como dice Savater, civilización no hay más que una. La cual, por cierto, está compuesta por aportaciones de todas las culturas: por la escritura inventada por los babilonios, por el número cero que concibieron los indios, por el álgebra desarrollada y bautizada (aljabr) por los árabes. De modo que no puede haber ni alianzas ni conflictos entre civilizaciones, sino entre culturas; y lo que se opone a la civilización es la barbarie.

Rosa Montero, “La pompa“, El País, 22/1/2008

La ley electoral penaliza a los partidos con fuerte implantación nacional, pero con un voto poco concentrado, caso de IU y de cualquier nuevo partido en condiciones parecidas. Además, el sistema privilegia las provincias poco pobladas en detrimento de las concentraciones urbanas.

Álvaro de Marichalar, “Privilegios electorales, sí señor“, El País, 22/1/2008

Hasta hace menos de un mes yo no sabía que teníamos el mayor índice de clericalismo y anticlericalismo de Europa. Creía que eso pertenecía al pasado. Bastó que se echasen al monte algunos jerarcas eclesiásticos -críticos, pero tampoco autocríticos- para que los representantes políticos de media España se lanzasen contra los de la otra media. En Francia o en Alemania a ningún político se le hubiera ocurrido convertir la proclama episcopal en un eje de su carreta electoral. Ni a favor ni en contra. En España nuestros líderes acreditan una vocación de mirar hacia atrás que causa espanto. Incapaces de autocrítica, se afanan en despellejarse. Es muy lamentable lo poco que -según se deduce- tienen que decirnos sobre el futuro.

Carlos Reigosa, “¿Y la autocrítica?“, La Voz de Galicia, 22/1/2008

Al nuevo partido Unión, Progreso y Democracia algunos ya le reprochan haber proclamado, fíjense, que el núcleo de la ciudadanía democrática es “la libertad en igualdad”. Y como pretende alguna reforma constitucional a fin de que los españoles seamos más iguales en derechos y obligaciones, le achacan estar tramando una tenebrosa contrarreforma. Pero el caso es que progresista no es quien sólo sabe mirar hacia delante; lo es más aún quien mira de vez en cuando hacia atrás para desandar lo mal andado. Por ejemplo, en política lingüística.

Aurelio Arteta, “Añoranza de Babel“, El País, 21/1/2008

Europa no debe ser un mercado privatizado en el que la “competencia” define el poder de cada uno: si esto ocurriera, podemos sin equivocarnos prever en el futuro luchas muy duras entre los pueblos e incluso el retorno de los nacionalismos ultrarradicales. Europa debe ser un proyecto común de solidaridad.

Sami Naïr, “Problemas de Europa“, Faro de Vigo, 21/1/2008

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