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“Es una cuestión bilateral entre Marruecos y España”

Acabo de oír en televisión a la comisaría de Asuntos Exteriores de la UE, Benita Ferrero-Waldner, decir en español que el caso de Aminatou Haidar – la activista saharaui en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote, a la que Marruecos no deja volver al Sáhara por decir que su nacionalidad es saharaui y no marroquí – es una cuestión bilateral entre Marruecos y España y así será.

Caramba. Pensaba que las fronteras exteriores de la UE y la entrada y salida de viajeros por ellas era una cuestión europea y no particular de cada país miembro de la UE. Pensaba que las relaciones de cualquier país de la UE con los países que están al otro lado de las fronteras exteriores era una cuestión europea, y no bilateral entre cada país limítrofe y el país miembro de la UE que está al otro lado de su frontera (de hecho, existe una European Neighbourhood Policy que contempla específicamente las relaciones con Marruecos). Pensaba que la UE pretendía tener una política exterior común.

Por lo visto, estaba equivocado. Cuando se trata de cuestiones peliagudas en las que hay que comprometer las relaciones de toda la UE con un vecino para defender los derechos humanos – como el derecho a no ser privado de pasaporte o de nacionalidad por hacer uso de la libertad de expresión, como ha hecho Aminatou – y el cumplimiento de las resoluciones de la ONU – el referéndum en el Sáhara -, la UE abandona a sus países miembros a su suerte. Con las resoluciones de la ONU relativas a países que están bien lejos – Irak… – sí nos comprometemos, pero con las que se refieren a lugares más cercanos, hay que tener más cuidado, por lo visto.

Así que no cabe esperar una posición firme y común de la UE frente a Marruecos en este tema. Es más: ni siquiera cabe esperar una posición de la UE sobre el asunto, prefiere que España se entienda sola con Marruecos. Qué pena que la UE insista una y otra vez en darnos razones para el euroescepticismo.

Más despotismo ilustrado

Hace algo más de un año mostraba aquí mi alegría porque el pueblo irlandés le hubiese dado una lección a los déspotas ilustrados votando no al Tratado de Lisboa. Ahora, en una muestra ya anunciada de falta de democracia (¿qué otra cosa es repetir una votación hasta que su resultado sea el que agrada a los dirigentes que la convocan?), el referéndum acaba de repetirse el pasado viernes y, esta vez, ha ganado el sí con rotundidad. En general, las opiniones coinciden en que las dificultades económicas que atraviesa Irlanda han hecho pensar a sus ciudadanos que un “no” les cerraría las puertas de los mercados europeos que su economía necesita ahora, y en que este hecho ha tenido incluso más peso que las garantías jurídicas dadas por la UE a Irlanda en forma de anexo al tratado, asegurando que Irlanda podrá desmarcarse del resto de la Unión en lo que se refiere al aborto y a la política de defensa común. Una vez más, se siguen repitiendo las mismas lacras en la Unión Europea: las excepciones o privilegios para algunos miembros a cambio de su integración (piénsese en la situación del Reino Unido y su famoso “cheque”), y la visión dominante de Europa como fuente de dinero y negocios para mi país en particular, visión de la que se deduce fácilmente que en cuanto no haya un saldo económico positivo para mi país en particular Europa dejará de interesarnos.

Como muy bien decía ayer el director del periódico portugués Público, José Manuel Fernandes, en un editorial dedicado al “sí” irlandés, después de tantas excusas hay que enfrentarse a la realidad, a la dura realidad de la construcción europea: “Depois dos álibis, a mais crua realidade“. Vale la pena leer su lúcido análisis que alerta sobre las dificultades futuras que aguardan a tan poco democrático proyecto de Europa:

Mas ninguém, com seriedade, devia ficar contente, pois todos sabem que em boa parte, senão na maioria, dos países europeus, se o Tratado de Lisboa fosse a votos não passaria. Só votaram os irlandeses porque tinham de cumprir a sua Constituição. Os outros evitaram fazê-lo. E tiveram de novo de votar duas vezes, até votarem “certo”, o que só pode repugnar quem preza o respeito pela vontade dos eleitores.

É triste porque cria uma ilusão de democracia europeia que, por mais retórica que exista, é um mito e continuará a ser um mito.

(…)

O passado recente de acrimónia e divergências não permite antever um futuro radioso apenas porque, desta vez, uma mão-cheia de irlandeses não repetiu a ousadia de se opor à vontade dos grandes países. Ou, para ser mais exacto, à vontade dos dirigentes dos grandes países.

Que ciertos dirigentes lleven a cabo sus proyectos, a pesar de la oposición de los ciudadanos a los que gobiernan – oposición manifestada abiertamente, como en el primer referéndum irlandés, o silenciada con excepciones jurídicas para ciertos países, con dinero, o simplemente con la imposibilidad de manifestarla en los países donde no habrá referéndum -, por mucho que esos dirigentes vean en esos proyectos el mejor futuro europeo, sólo tiene un nombre, hay que repetirlo: despotismo ilustrado. Mientras los sucesivos tratados europeos o constituciones – que no nos asuste el nombre – no sean siempre y obligatoriamente sometidos a referéndum de todos los ciudadanos de los países de la Unión, en una fecha común y única para todos, la construcción europea seguirá siendo todo menos democrática, una idea ilustrada tejida por el paternalismo y la osadía de quienes piensan poder llevarla a cabo contra la voluntad de los pueblos y “por su bien”.

Una lección a los déspotas ilustrados

A esta hora, es ya casi segura la victoria del “no” en el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa (vean Lisbon Treaty now certain to be rejected en The Irish Times). Y es un resultado que le da una lección de democracia a todos los déspotas ilustrados que han venido diciendo a lo largo de todo el proceso que el Tratado no debía someterse a referéndum porque corríamos el riesgo de que los ciudadanos europeos lo rechazasen y había que imponérselo “por su bien”.

Harían bien en reflexionar y pensar en qué necesitamos los ciudadanos europeos para que el proyecto de la UE nos convenza, en vez de aunar esfuerzos para ratificar tratados y decisiones que no convencen. Mientras muchos sigamos teniendo la sensación de que no hay avances en la igualdad real entre los ciudadanos de toda la UE (hecho del que hemos tenido una muestra más con las diferencias en precio de los combustibles e impuestos sobre ellos que han sido aireadas con motivo de la crisis que ha llevado esta semana a las huelgas de los sectores de la pesca y del transporte), los repartos de poder entre países (pues en el fondo es en eso en lo que consiste el Tratado de Lisboa) seguirán sin convencernos.

Gracias, irlandeses.

Citizenship Education

En la edición del periódico El País se podía leer: “Valencia agudiza el boicoteo a Ciudadanía al impartirla en inglés“. En el texto de la noticia explican los periodistas que “ni hay suficientes profesores preparados para hacerlo ni los alumnos cuentan con nivel suficiente de ese idioma como para enterarse del contenido de la clase, aseguran los sindicatos”, y este hecho no parece merecer más comentario que la crítica a las “piruetas administrativas” que se están haciendo para boicotear la asignatura.

Es triste y lamentable que una decisión como esta se tome con la finalidad de boicotear la asignatura (si es que es esa la intención, cosa que yo no tengo capacidad para juzgar, aunque desde luego no parece muy razonable que algunos contenidos incluidos en ella, como la Constitución Española y el sistema político español se impartan en inglés) y es más triste y lamentable aún que a nadie le merezca el menor comentario el hecho de que, según los sindicatos, no se puedan encontrar con facilidad suficientes profesores de Filosofía o Geografía e Historia con el nivel necesario de inglés para impartir la clase en esa lengua, ni el hecho de que los chicos y chicas de 14 años que asisten a la enseñanza obligatoria no puedan seguir una clase en inglés. En España se sigue pudiendo acabar una licenciatura sin ser capaz de comunicarse en inglés o en otra lengua extranjera, y a pesar de los diversos planes y proyectos para la introducción temprana de lenguas extranjeras (el inglés y también, aunque en menor medida, el francés) en la enseñanza, los resultados están todavía por debajo de lo deseable.

En este sentido, iniciativas para impartir con carácter general cualquier asignatura, incluida la “Educación para la ciudadanía”, en inglés o en otra lengua extranjera me parecen en principio positivas, pues son las que realmente van a contribuir al aumento de la capacidad de comunicación en otras lenguas de la población en general y a la generalización del multilingüismo, lo cual es un objetivo estratégico de la Europa en la que vivimos. Lean, por favor, el informe de Eurydice sobre Content and Language Integrated Learning (CLIL) at School in Europe (y el estudio comparativo correspondiente, ambos del año 2005) antes de decir que esto es sólo un boicot absurdo y sin sentido. ¿Es absurdo y sin sentido hablar de derechos humanos e instituciones y tratados internacionales que se ocupan de ellos en inglés como parte de la educación de nuestros hijos? No lo creo. Y eso también forma parte de los contenidos de la asignatura.

El problema es que casi nadie conoce realmente los contenidos de la asignatura, pues el debate mediático al que asistimos alrededor de esta asignatura gira en torno a la idea de si se trata o no de “adoctrinamiento ideológico” y pone encima de la mesa, como mucho, muestras de libros de texto. Nadie habla realmente de los objetivos y contenidos de la asignatura que están ahí disponibles en el BOE para que todos los podamos leer: lean las enseñanzas mínimas de la ESO, por ejemplo, y piensen si el conocimiento de la Constitución y del sistema político español, la reflexión sobre los derechos humanos y sobre las instituciones internacionales que tratan de ampararlos, las actitudes de no discriminación por razón de sexo, raza, religión, orientación sexual o cualquier otra característica personal y social, o la reflexión ética no deben formar parte de la enseñanza obligatoria. De hecho, ya han formado parte anteriormente de la enseñanza obligatoria (¿ya nadie se acuerda de aquella “Ética” alternativa a la religión? ¿o el problema es que la religión no sea una alternativa a esta asignatura?) y España no es ni mucho menos el único país europeo que ha implementado una asignatura de este tipo, como muestran el informe de Eurydice sobre Citizenship Education at School in Europe y el estudio comparativo correspondiente, ambos del año 2005. De hecho, el concepto de “ciudadanía responsable” – entendido como conciencia de los derechos y deberes que todo ciudadano tiene en una sociedad democrática y capacidad para ejercer los primeros y cumplir los segundos – que está por detrás de la definición de sus objetivos y contenidos parte de las propuestas del Consejo de Europa sobre la cuestión. No parece aceptable que nos preocupemos de la literacía en general y de, por ejemplo, la literacía digital de nuestros hijos y no de su literacía política.

Justamente, la reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que da la razón a unos padres que pretendían impedir que su hijo asistiese a esa asignatura obligatoria y tuviese que ser evaluado, indica entre otros argumentos que los contenidos “tienen un alto grado de indefinición, lo que no facilita el ejercicio de los derechos de los padres” (punto cuarto de sus fundamentos de derecho).

Lléguese a un consenso en cuanto a los contenidos. Establézcanse claramente, tanto como nuestro sistema de enseñanzas mínimas estatales y currículos autonómicos permita. Pero no se diga que no hace falta educación para la ciudadanía en la escuela pública.

La decepción de Europa

… la decepción, la increíble decepción de los que soñaban en una Europa fuerte y que, en lugar de esa Europa, se encuentran hoy en día ante un enano político que obedece a un mercado liberal despiadado.

Estas palabras son de Sami Naïr, en un artículo titulado “Problemas de Europa” que publica hoy el Faro de Vigo. Su lúcido análisis de la falta de legitimidad de un proceso de construcción europea que se niega a consultar a las poblaciones, y que se dirige bajo el signo del liberalismo a una sociedad competitiva y falta de solidaridad con una creciente privatización de los servicios públicos, debería hacer reflexionar a todos los gobernantes europeos. Especialmente porque como él muy bien dice:

Europa no debe ser un mercado privatizado en el que la “competencia” define el poder de cada uno: si esto ocurriera, podemos sin equivocarnos prever en el futuro luchas muy duras entre los pueblos e incluso el retorno de los nacionalismos ultrarradicales. Europa debe ser un proyecto común de solidaridad. Necesidad que nos obliga a plantear las cuestiones de la política monetaria europea, del control político del Banco central con la creación de un gobierno económico europeo (ya previsto desde el Tratado de Maastricht pero nunca conseguido), de la lucha en contra de las deslocalizaciones de empleos, de la racionalización de la ampliación (avanzar lentamente sin poner las sociedades en competición de sueldos), de la armonización de la fiscalidad, etcétera. Los responsables políticos deben afrontar estas cuestiones, salvo si lo que quieren es sembrar minas en Europa. Que como todo el mundo sabe, un día u otro pueden estallar.

Bienestar para todos, sin excepción y por igual, o lucha feroz entre todos por el bienestar conseguido a costa del malestar de otros. No nos queda otra opción.

Falta de democracia en Europa

En la edición en internet de hoy del periódico portugués Público se puede leer la seguiente frase del siempre lúcido José Pacheco Pereira, extraída de un artículo que publica la edición en papel de hoy:

Os governos e os grandes partidos europeus substituíram a democracia na legitimação do processo europeu por decisões iluminadas, tomadas ‘in camera’ pelos governos, sobre matérias decisivas para o futuro de todos nós.

Desgraciadamente para todos los que un día creímos que la construcción de la Unión Europea se llevaría a cabo de una forma verdaderamente democrática, Pacheco Pereira tiene, como en otras ocasiones, mucha razón.