… la decepción, la increíble decepción de los que soñaban en una Europa fuerte y que, en lugar de esa Europa, se encuentran hoy en día ante un enano político que obedece a un mercado liberal despiadado.
Estas palabras son de Sami Naïr, en un artículo titulado “Problemas de Europa” que publica hoy el Faro de Vigo. Su lúcido análisis de la falta de legitimidad de un proceso de construcción europea que se niega a consultar a las poblaciones, y que se dirige bajo el signo del liberalismo a una sociedad competitiva y falta de solidaridad con una creciente privatización de los servicios públicos, debería hacer reflexionar a todos los gobernantes europeos. Especialmente porque como él muy bien dice:
Europa no debe ser un mercado privatizado en el que la “competencia” define el poder de cada uno: si esto ocurriera, podemos sin equivocarnos prever en el futuro luchas muy duras entre los pueblos e incluso el retorno de los nacionalismos ultrarradicales. Europa debe ser un proyecto común de solidaridad. Necesidad que nos obliga a plantear las cuestiones de la política monetaria europea, del control político del Banco central con la creación de un gobierno económico europeo (ya previsto desde el Tratado de Maastricht pero nunca conseguido), de la lucha en contra de las deslocalizaciones de empleos, de la racionalización de la ampliación (avanzar lentamente sin poner las sociedades en competición de sueldos), de la armonización de la fiscalidad, etcétera. Los responsables políticos deben afrontar estas cuestiones, salvo si lo que quieren es sembrar minas en Europa. Que como todo el mundo sabe, un día u otro pueden estallar.
Bienestar para todos, sin excepción y por igual, o lucha feroz entre todos por el bienestar conseguido a costa del malestar de otros. No nos queda otra opción.

